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John Harrison: el padre de los relojes de precisión
Aunque los egipcios ya medían el tiempo con sus relojes de sol hace miles de años, no fue hasta mediados del siglo XVIII cuando un inglés, John Harrison, construyó los primeros relojes de precisión.
Los grandes navegantes y marineros tenían un problema muy grande: eran capaces de conocer en todo momento la latitud de su posición (su situación norte-sur), pero eran totalmente incapaces de conocer la longitud en que se encontraban (su situación este-oeste). La latitud la podían conocer midiendo la altura del Sol por su paso por el sur, al mediodía; o durante la noche midiendo la altura de la estrella polar. Pero la longitud les estaba prohibida, no tenían ningún medio para poderla calcular. Esto era un gran problema para ellos, ya que grandes barcos naufragaban por equivocar la longitud de sus posiciones; y muchos hombres morían de escorbuto porque sus viajes duraban mucho más de la cuenta. A partir del siglo XV, con el descubrimiento de América, conocer la longitud se convirtió en una cuestión de estado, y todos los grandes imperios: España, Francia, Inglaterra... se pusieron manos a la obra.
En el siglo XVIII se estableció un premio importante para quien ideara un método eficaz y fácil para calcular la longitud. Había dos grandes tendencias: por una parte los astrónomos confiaban en encontrar un método astronómico, y por otra parte, los constructores de relojes confiaban en fabricar un reloj lo suficientemente preciso como para ser fiable en alta mar.
Desde el barco se podía conocer la hora local (el paso del Sol por su punto más alto en el cielo, indica el mediodía local). La cuestión era saber desde en medio del océano, en cualquier momento, qué hora era en un sitio de referencia (Londres, por ejemplo). La diferencia entre la hora local y la hora de referencia era directamente la diferencia de longitudes entre los dos sitios.
Los astrónomos idearon varios métodos que usaban el cielo nocturno como un reloj. El más famoso de ellos utilizaba los satélites de Júpiter y sus movimientos alrededor del planeta (desapariciones detrás del planeta y reapariciones de los mismos) como un reloj. El problema era poder observar los satélites de Júpiter con un telescopio desde un barco balanceándose. Por su parte, los fabricantes de relojes apostaron por construir aparatos cada vez más precisos, ya que en aquella época los relojes se adelantaban o retrasaban bastantes minutos cada día.
La disputa entre astrónomos y constructores de relojes duró todo el siglo XVIII, y finalmente se impusieron los relojeros. John Harrison fue un relojero que pasó toda su vida construyendo e innovando con los relojes que fabricaba. Así, inventó relojes casi sin rozamiento que no necesitaban lubricante; e inventó péndulos hechos con dos tipos distintos de materiales para que no se dilataran con el calor ni se contrajeran con el frío (si esto ocurría, aumentaban o disminuían su medida del tiempo), entre muchas otras innovaciones. Construyó cuatro grandes relojes de precisión, conocidos como Harrison 1 (H1), Harrison 2 (H2), Harrison 3 (H3) y Harrison 4 (H4), cada uno de ellos mucho más preciso e innovador que su predecesor.
H4 fue terminado en 1759 y es una miniatura para su época: tiene un diámetro de sólo 12’5 cm y pesa menos de 1’5 kg. Fue probado en 1761 en un viaje entre Londres y Jamaica, y al cabo de 81 días de viaje llegó con un error de tan sólo 5 segundos. Habían nacido los relojes de precisión, y los navegantes ya no se perdieron nunca más en alta mar.
Artículo de
Albert Morral
Para Magazine Vintage Factory
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